
|
Ajeno a mi generación, pero cercano por la amistad que todo lo une, Antonio González Caballero supo exterderme su mano.
Mi madre, quien fue la primera en tratarlo, un día lo llevó con la familia y cada uno de nosotros encontró el momento para dialogar con él. Mi madre quien extendió ese diálogo por 50 años vio a tres Antonios González Caballero transfigurarse en el tiempo: primero al muchacho, después al hombre que para ser hombre maduro deja su juventud, y ya más tarde a un sonriente Antonio convertido en patriarca.
Recuerdo que fue en mi adolescencia cuando me tocó verlo por primera vez, ocurrió antes de su patriarcado, en el momento en que su cabello era todavía de color ceniza. Me impresionó mucho su aire desenfadado y libre, sin el recurso de la tontería solemne de quienes rondaban su edad. En la actitud que mostraba nacía algo parecido a la alegría pero que terminaba por no ser alegría. Veía en él al adulto que se hallaba en la niñez. Suelto, espontáneo, con el alma limpia.
En las audacias de la juventud, tengo entendido, sorprendía con algunas agendas de bolsillo que le encantaba cargar, donde fue habitual que en los espacios en blanco contiguos a “ocupación” los rellenara con la palabra genio. Fui testigo de cómo este tipo de recuerdos le descomponían un poco el ánimo haciéndolo sonrojar; a lo que respondía invariable y apenado que se trataba de un asunto de travesuras de las mocedades, dignas de un rotundo olvido.
A mí me gustaba escarbar y escuchar anécdotas, andaba imparable preguntando . Pero un día resolví que no seguiría con esto del...
(Continuará en la segunda entrega) |