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El cine es arte y es industria. Por lo que sus exigencias y necesidades fluctúan entre ambas características. Quienes somos parte de este quehacer nos enfrentamos a los retos y exigencias que plantea toda creación artística, exigencias que parten fundamentalmente de la necesidad de expresión del artista.
En México los costos promedio de las últimas películas mexicanas es de 1.5 millones de dólares, costo que es muy difícil de recuperar dada la desigual distribución del riesgo. El productor quien puede llevarse años en desarrollar un proyecto y es quien tiene que conseguir recursos líquidos para poder realizar la producción, es el último en recuperar (se estima que el productor recibe 10 centavos por cada peso que ingresa en taquilla).
De cada peso que entra en taquilla, el exhibidor tiene que enterar al fisco el 15% del I.V.A (mismo que se cobra al espectador) así como aproximadamente el 12% de impuestos varios (en el que se incluye un 2% de derechos de autor que se reparten entre director, escritor, fotógrafo y músico), de lo que resta, el exhibidor se queda con el 50%; posteriormente y a plazos de 30, 60 y 90 días éste paga al distribuidor, quien a su vez, retiene su comisión (entre el 15 y 25%) así como recupera los gastos por la comercialización de la película (anticipos, copias y publicidad); finalmente, el productor recibe en plazos similares a los que el exhibidor paga al distribuidor lo que queda de lo recaudado.
Por otra parte, lo que se paga por los derechos de explotación de las películas mexicanas en sus diferentes ventanas en territorio nacional (Pay per View, Cable, DVD y Video, televisión abierta y otras) es realmente ridículo (aproximadamente 180,000 dólares) en relación al costo de producción y a las utilidades que perciben por su explotación los distribuidores y exhibidores.
Ante esta desigual repartición de los recursos generados, muy pocas de las pocas películas mexicanas producidas (37 en el 2000; 17 en el 2001; 14 en el 2002 y aproximadamente 10 para el 2003), pueden recuperar su inversión, por lo que cada vez menos inversionistas están dispuestos a arriesgar su dinero de esa manera, salvo aquellos que también son distribuidores y por ende son fuertes aliados de los exhibidores.
Es incongruente observar la disminución de la producción nacional ante el crecimiento y enorme potencial del mercado hispano tanto en el mundo como en los Estados Unidos, donde este sector es ya, la minoría más grande dentro de ese país (alrededor de 600 millones de hispano parlantes en el mundo y cerca de 40 millones en los Estados Unidos).
Por esto, la alternativa del cine digital surge con gran fuerza y se convierte en un formato ideal para quienes hacen cine independiente en México que, ante su necesidad de expresión y conscientes de las limitantes de financiamiento y las que existen en la difusión de material nacional, han abordado la realización de largometrajes filmados digitalmente, herramienta que les permite continuar con el desarrollo de su obra.
Cineastas como Arturo Ripstein ("La virgen de la lujuria", 2002; "Así es la vida", 2000; "La perdición de los hombres", 2000); Jaime Humberto Hermosillo ("eXXXorcismos", 2002) y Gabriel Retes ("@festival.ron", 2003) han realizado sus últimos proyectos en este formato, mismo que les permite realizar un cine sin concesiones a un costo que hace más viable, no sólo la recuperación de la inversión, sino la posibilidad de obtener una buena utilidad.
Los cineastas independientes siempre han buscado utilizar formatos alternativos para plasmar su visión de la vida, como lo han sido el cine en Súper 8mm, 16mm y Súper 16mm, formatos de los que posteriormente se han realizado -blow up- a 35mm para la explotación en salas de cine comerciales o circuitos alternativos.
Todo artista requiere del ejercicio constante de su oficio para poder evolucionar. La tecnología moderna ayuda a que los jóvenes y los no tan jóvenes cineastas continúen con su vocación y tarea de contar historias; brindando herramientas que permiten ejercitar de manera libre y continua su quehacer.
La producción en formato digital hace que los cineastas retomen formas de producción lo más prácticas posibles y que de acuerdo a cada proyecto las necesidades y los tiempos de producción se reduzcan considerablemente y en consecuencia el costo de la misma, ya no se necesita de la parafernalia estilo hollywoodense que mucho a contribuido a encarecer los proyectos.
Con el cine digital los cineastas encuentran un camino accesible para continuar en su quehacer, siendo el reto principal (además de narrar de forma creativa y profesional sus historias) llevar a la felicidad su obra, es decir, lograr proyectar sus películas de una manera masiva.
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