
|
Llevamos en México casi tres años estancados. Prácticamente en todos los indicadores relevantes el deterioro es evidente. Uno de los pocos donde los números crecen, el empleo no formal –los famosos “changarros”–, no es motivo para celebrar. En un país sin seguro para el desempleo, quienes no tienen trabajo, un número creciente, buscan “autoemplearse” a como dé lugar. Esto es mejor que delinquir. Pero no deja de ser una solución, por decir lo menos, rudimentaria; sintómatica de nuestra incapacidad para aumentar de forma sostenible el bienestar de los mexicanos.
Si bien el ingreso para quienes trabajan en el sector informal puede llegar a ser equiparable con el de ciertos niveles de la economía formal, la mayoría de las veces los informales son empleos que no generan valor. Sobreviven robando energía eléctrica, ocupando y estorbando la vía pública, sin pagar seguridad social y menos aún impuestos. El resto de la economía termina absorbiendo el costo de muchos de estos “changarros” por medio de congestionamiento en las calles, tarifas eléctricas, impuestos y cuotas de seguridad social más altas de las necesarias. El peso de la informalidad sobre la economía mexicana es un lastre que nos resta competitividad y que, por tanto, frena el crecimiento.
La explicación fácil para entender el estancamiento es que la economía de los Estados Unidos perdió dinamismo a finales del 2000. Este hecho es indiscutible, pero explica apenas una parte del problema. Desgraciadamente nuestro estancamiento obedece también a otras razones, que si no son diagnosticadas con claridad y atendidas rápidamente nos seguirán frenando, aun si los vecinos del norte logran su tan esperada recuperación.
Son tres las causas que parecen explicar la profundidad de nuestros problemas. Uno, los beneficios del TLC se han ido diluyendo. Por un lado, los proyectos más sencillos y evidentes ya han sido realizados. Por otro, y más importante, hemos perdido la exclusividad de nuestros privilegios arancelarios. Países de América Central, del Caribe, algunos de África, y ahora Chile gozan de tratos arancelarios similares al nuestro. China, desde su acceso a la OMC, tiene un mucho mejor y más cierto acceso al mercado de EU que antes. Nuestras exportaciones a EU crecen muy poco; las de China siguen haciéndolo a tasas muy elevadas, ganándonos mercados.
Un estudio del Credit Suisse/First Boston elaborado por Alonso Cervera ofrece algunos datos contundentes al respecto. Mientras que en 2002 nuestras exportaciones no petroleras a Estados Unidos crecieron 1.1 por ciento, las exportaciones chinas a ese país lo hicieron en un 22.4 por ciento. Si antes llenábamos, excluido el petróleo, 11.43 por ciento de las importaciones de Estados Unidos, ahora 11.36, la primera caída en diez años; mientras tanto los chinos pasaron de 9 por ciento a 10.8. Incluso, en productos donde siempre habíamos dominado (por ejemplo, las autopartes) otros países, como Gran Bretaña, están ganando mercado a nuestras costillas.
Dos, se dificulta crecer exportando con un tipo de cambio poco competitivo frente a otros países. Nuestro PIB medido en dólares, por ejemplo, es superior al de Brasil. No somos realmente más grandes que ellos; esto es reflejo de un peso fuerte y un real barato, lo que también indica cuán caro es exportar desde México. La estabilidad macroeconómica, que anima nuestra fortaleza cambiaria, es deseable.
Sin embargo, no es sólo el buen manejo en las variables macroeconómicas lo que explica nuestro alto PIB comparativo medido en dólares. Dos accidentes geográficos nos traen un gran influjo de dólares: altas exportaciones petroleras y cada vez mayores ingresos por remesas. Estos dólares aprecian al peso por arriba de nuestro nivel de productividad y nuestra capacidad exportadora. Por supuesto, esta apreciación dificulta sacarle provecho a lo que fue el principal motor de la economía entre 1995 y 2000: el sector exportador. Otro dato elocuente del reporte ya citado: mientras que entre enero de 1998 y el primer trimestre de 2003 la moneda china se devaluó frente al dólar en términos reales 10 por ciento real y el peso se apreció un 10 por ciento.
Es de suponer que los dólares por petróleo y remesas seguirán entrando al país y sosteniendo al peso. La pequeña devaluación de los últimos días parece ser un fenómeno de corto plazo resultado de que empresas mexicanas no encuentran espacios para hacer inversiones rentables en México – precisamente por la falta de crecimiento y la menor competitividad–. Muchos están utilizando sus recursos para comprar empresas en el exterior, donde sí ven oportunidades.
La solución no es intervenir en los mercados cambiarios y devaluar, algo tampoco fácil de hacer dado el bajo nivel de las tasas de interés. Devaluar es, además, correr el riesgo de rebotes inflacionarios o una corrida contra el peso. Algo se puede lograr acumulando más reservas, pero el margen es limitado. Más se alcanzaría si aumentara la percepción de riesgo político, pero esto evidentemente es indeseable. Por ello, para competir y poder crecer exportando, es indispensable que nuestra economía sea más productiva, lo cual sólo se alcanza reformando nuestras instituciones.
Tres, para crecer como antes, es necesario instrumentar un conjunto de reformas estructurales, la mayoría de las cuales son muy impopulares en el corto plazo. Requerimos más recursos públicos para incrementar la inversión en infraestructura y aprovechar la cercanía con los Estados Unidos. Igualmente, se requiere un energía más barata pero sin subsidios públicos. Los mercados laborales son rígidos. Los servicios públicos malos y caros. Invertimos poco en ciencia y tecnología. Los impuestos distorsionan y recaudan poco. Ni que decir, en materia de seguridad jurídica y pública, donde tenemos mucho que mejorar.
Todo esto es muy difícil de cambiar, pero es donde tenemos margen de maniobra. Nada podemos hacer para regresar a nuestro privilegio de acceso al mercado de Estados Unidos, por la vía cambiaria poco se puede lograr y suele no ser sostenible y con implicaciones muy negativas. Es decisión nuestra mejorar nuestra productividad, pero requerimos ponernos de acuerdo, al interior de los partidos en el Congreso y entre el Ejecutivo y el Legislativo.
El estancamiento que padecemos hará que el tercer informe presidencial del 1o. de septiembre sea un ejercicio complicado, incluso aunque haya algunos elementos positivos como la disminución de la pobreza extrema que recientemente reportó la CEPAL. En resultados concretos, los tres primeros años del sexenio han sido malos. Por eso, en lugar de celebrar logros menores, o argumentar que no pasó el desastre de otros cambios sexenales, sería más útil aprovechar la ocasión para reconocer la gravedad de nuestros problemas, descartar las salidas no sostenibles y señalar posibles caminos. Es el momento para invitar al Congreso a hacerse corresponsable de la solución.
El Congreso puede no escuchar o no ponerse de acuerdo, pero en ese caso terminará por compartir el costo de seguir haciendo lo que hemos hecho hasta ahora para promover el crecimiento, muy poco. La sociedad terminará por cobrarles a todos su incapacidad de moverse en el sentido adecuado.
|