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Cronicas Fronterizas: Cuando San Diego Sabe a Tijuana
by/por: Octavio Hernández
Español
 

A veces la melancolía traiciona y más en estos tiempos de paz, convivencia y fraternidad, cuando el hombre de la barba blanca está a punto de venir a iluminar los hogares de miles o tal vez millones de infantes en ambas partes de la frontera. Porque cruzar la línea es un ejercicio maravilloso cuando no se tiene un plan definido y se deja en manos de la fortuna el futuro de la noche.

Los burritos casi son iguales, y con hambre sólo cambia el precio es decir la denominación de pesos a dólares o centavos de dólar. Un burrito de machaca del Bol Corona alborota los jugos gástricos y uno de Taco Bell cumple su misión de relleno en altas horas de la noche con un dejo a sazón californiana.

Y si buscamos la algarabía latina pues hay que ir a Gaslamp para encontrar un sitio con salsa o merengue y generar un bailongo. El Café Sevilla nos receta la presencia de Pablo Méndez y Agua E Coco, violín que cala y ritmo caliente que mueve caderas, ahuyenta polilla y te hace sentir como que la geografía californiana se mide con entusiasmo y entrega danzonera. Como si el sitio fuera la cuna de un carnaval global.

Un güero agita su melenita rala acompañando a una morenaza de pronóstico reservado que va de aquí para allá y de allá para acá como gallina clueca. Atrás, un matrimonio ya veterano le inyecta al baile una singular algarabía sin poner en peligro su constitución física. El caballero de anteojos y bigotito apenas perceptible ha vaciado en su garganta una buena dotación de piñas coladas y su adorada esposa resbala sobre la duela despojándose de su edad, pareciendo a ratos una jovencita en la flor del momento. Baile bueno, clásico y contagioso. Nosotros agitamos el bote, como se le conoce vulgarmente al ajetreo de la caja toráxica, las piernas, los brazos y algunas otras regiones al ritmo de la música contagiosa.

Pablo Méndez hace con el violín lo que le viene en gana, juega con estribillos clásicos de los grandes maestros y a rato suenan a Noel Pointer o al gran viejo (ya fallecido) Papa John Creach que junto al Jefferson Airplane escribiera su historia. Pedimos un desarmador, y la voz femenina que me acompaña insiste en que le traigan un tequila doble de buena cepa y mexicana alegría.

El fandango prosigue y cada vez hay más bailarines en acción, ahora llega el turno a una extraña pareja. Él, moreno con aires
cubanos pero acento sudamericano. Ella, pelirroja como de origen judío.
Gozan el baile suavecito, él la lleva y ella se deja conducir, van y vienen a veces al ritmo de la música, otras veces creando su propio paso, como un trenecito. El sudor brota y el vaho empaña las ventanas, pero la música no para y la gente pide más. El licor jalisciense resbala boca adentro de mi compañera en su décima oportunidad, y eso me anima a pedir lo mismo por aquello de la cordialidad mexicana y el apego a las buenas costumbres etílicas.

Termina la tanda y cada cual vuelve a su lugar, unos parecen que de plano no saldrán al siguiente round, en cambio otros rozagantes y felices esperan ansiosos que la música vuelva a la carga. El líder de la agrupación pasa por la mesa y nos saluda, sonrisa amplia, traje blanco impecable y la fragancia cosmopolita de siempre.

Despierta de nuevo el ritmo y como por arte de magia la gente se multiplica, han llegado tres parejas de corte típico americano que intentan galopar el merengue y cuando no pueden se ríen y festejan.

Una pareja de color le entra macizo al toro, de look más bien rapero o soul, navegan con prestancia, no le llegan al diez caribeño pero si se sitúan en un ocho punto cinco que puede ser más tarde nueve. La noche se va cuesta abajo obligando al reloj a estrangular las horas y es tiempo de irse, se escucha el cristal de los últimos brindis, las carcajadas y el frenesí musical latino que se va quedando atrás conforme avanzamos. La puerta se abre y penetramos a un auténtico refrigerador, un golpe polar nos pega en la epidermis tras salir del trópico y de inmediato buscamos refugio para
apaciguar el rugido de nuestras entrañas.

Queremos comer algún platillo italiano, para nuestra buena fortuna encontramos un lugar cercano que cuenta con calefacción, simpáticas meseras, chascarrilleros vecinos de mesa y un menú vasto, económico, antojable y al parecer de servicio rápido.

Ravioles para la dama y fettucini para un servidor. Todo servido con pan de ajo y un vinillo de botella minúscula y calidad cuestionable, de estos que mañana te hacen arrepentirte de haberlos conocido. Los ravioles matan de buenos y el fettu se hace agua en la boca, pero mi cerveza no viene y no viene, tarda mucho y cuando llega he terminado de comer. La mesera se ríe y me invita a que pida otra cosa para no desperdiciar la bebida de malta, me niego porque de pedir otro platillo puedo tener pesadillas con la Cosa Nostra o la Camorra Siciliana. Llega la cuenta y nos despedimos

Temerosos de volver a enfrentarnos cara a cara con el frío de la calle, pero no hay de otra, nos armamos de valor y cruzamos el umbral del ristorante hacia el polo urbano.

En camino hacia el auto nos aborda un hombre joven que dice ser primo de Michael Jordan y afirma que si le doy un dólar puede imitar a su pariente ahí mismo. La canasta (una cubeta), el balón (una esfera) que pudiera ser la barriga de un hombre de nieve descuartizado. Le digo que será en otra ocasión, pero insiste, obligado por la temperatura y la insistencia le doy la cifra requerida en monedas y presto, da media vuelta, malabarea el esférico lo hace rebotar no sé como y encesta de espaldas a la canasta-cubeta. Al terminar me dice; "Si me das otro dólar te regalo la canasta y el balón para que tu anotes en tu casa", a palabras necias oídos sordos, nos vamos, y el caballero destapa una letanía no precisamente navideña.

El auto arranca y el freeway cinco como una suave alfombra nos conduce a Tijuana, que esta noche abrazó a San Diego en un tórrido baile. Noche de trópico en la espalda de diciembre.

 

LWRDigitalMagazineAug2010

Ponce

 
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