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Año tras año el "triki-triki" se esparce por las calles de Tijuana la noche del treinta y uno de octubre cuando las brujas hacen de las suyas según la tradición americana. Monstruos, calaveras, jorobados, momias, vampiros y uno que otro demonio salen a pedir su "calaverita", tocan puertas, apachurran timbres con la sola intención de llenar de dulces y galletas sus macabras bolsas de plástico. Todos los infantes tienen derecho a gozar su viernes trece y hasta ponerse su disfraz de Hulk, “el hombre verde” que ha sido uno de los más cotizados de la temporada.
En la Unión Americana el fenómeno alcanza grandes proporciones gracias a la proyección del aparato televisivo y las costumbres férreas de una sociedad apegada a sus rituales convencionales. Esto ocurre en una nación hecha de retazos étnicos que a la Frankenstein toma de aquí y de allá influencias tratando de reivindicar sus raíces olvidadas. Silenciadas a balazos gracias al empuje de héroes como Buffalo Bill y el General Custer quienes exterminaron a los nativos y sus costumbres. Los indios a sus reservaciones y el hombre blanco en clave digital dispuesto a gozar sus festividades con patrocinadores de cabecera. ¡Salud !
En México el Halloween ataca fuerte en las fronteras y se va disipando conforme avanzamos hacia el sur donde deja de ser un virus maligno.
Tijuana, dada la emigración constante que recibe, forcejea entre la Noche de Brujas y los ceremoniales indígenas de sus antepasados (oriundos o venidos de otros sitios.)
Aunque algunas capas de la sociedad sienten más propia la aventura urbana del disfraz que la tradición milenaria del homenaje a los santos difuntos, cada año los cartones se empatan en forzada batalla y tienden a inclinarse en una decisión unánime hacia las raíces mexicanas.
El Halloween como representación popular fronteriza se muestra cada fin de octubre en plena Avenida Revolución y no precisamente representado por los turistas chatarra, sino por la banda de los barrios que se adueña de la calle y de manera grotesca y a veces violenta desfila creando un performance Fellinesco de características sociales. La policía vigila muy de cerca a los contingentes de almas en pena que deambulan religiosamente por las banquetas mostrando sus fantasmas internos.
El marketing aprovecha la ocasión para crear campañas de consumo que se regodean con el lenguaje de la temporada en periódicos, escaparates y en los medios de difusión. "Terrorífica Liquidación, Todo a Mitad de Precio", "Escalofriantes Rebajas En Nuestra Línea Blanca" o "Venta Fantasmal de Media Noche, Pague 1 y llévese 2 ". Algunos establecimientos tienen la costumbre de colgar muertitos de las esquinas de sus tiendas, la mayoría colgados de sogas, creando un humorismo macabro que sin duda es más bajacaliforniano que americano.
En contraposición al fandango callejero y sus consecuencias mundanas, el Día de Muertos es el viaje de introspección que lleva al practicante a tener un lazo de conexión con sus finados. El cempasúchil cubre altares, tumbas, cruces de caminos o rincones donde el hombre se volvió polvo.
En las casas las flores de muertos se acompañan de retratos de los desaparecidos y sus más preciados antojos: cigarros, aguardiente, fruta, queso fresco, pan y hasta chocolates y mole del bueno. Son el imán que marca la ruta de regreso de los que se han ido. Las campanas de la iglesia tañen despuntando una línea sonora para que los espíritus extraviados en la borrasca de los tiempos vuelvan al lugar al que pertenecen.
En Tuxtepec, Oaxaca, (limítrofe con Veracruz) los altares de muertos alcanzan hasta dos metros de altura, son monumentos multicolores que impresionan a primera vista. Marca la tradición que todo invitado deberá llevarse parte de los alimentos que los muertitos ya tocaron en su noche y tomarse un trago en su honor. Imaginemos como queda el visitador de altares tras repetir el rito supongamos unas 20 veces.
Las veladoras son los hilos apenas perceptibles que mantiene viva la llama de la vida en una velada dedicada a los que ya no están. No hay horror si no alegría por saber que los que faltan volverán aunque sea por unas horas.
No hay amenazas físicas, más bien transiciones dimensionales. En Michoacán las embarcaciones que van rumbo a la isla de Janitzio navegan con velas, flamas que iluminan la obscura senda. Ahí como en muchas partes los panteones se convierten en centros de poder, familias enteras limpian tumbas, cambian floreros y pernoctan en honor de los suyos en una fiesta que supera al dolor.
Los santos inocentes que murieron al dar su primera bocanada de aire.
Los asesinados, las mujeres muertas en parto. Los que se fueron con el sueño sin darse cuenta. Los suicidas. Los que enfermaron. Todos vuelven ante el llamado de muchos corazones. Los descarnados retornan con sus huesos hechos aire y su sangre convertida en humo.
Mientras tanto el Halloween urbano se viste de carnaval húmedo por las corrientes etílicas, y áspero por las manifestaciones políticas y de raza.
Rostros talqueados llenos de cicatrices. Cabelleras crespas a la "Pibe" Valderrama rematadas con anteojos obscuros. Decapitados que lanzan líquidos rojizos. Cadáveres sensuales a la Elvira con escote y minifalda.
Máscaras de expresidentes y políticos corruptos. Zombis consumistas con soda en la mano. Momias con tenis y jeans. Vampiros borrachos de neón. Son la parte obscura de un festín macabro que genera movimiento y divisas. Y que en ocasiones gana su espacio en la nota roja en base a redadas y escándalos en la vía pública. A veces son los guardianes del orden los que acosan y limitan el libre transitar. Cuestión de exorcismos y operativos.
Mientras, Carpenter, Hoopper, Barker y otros se apropian de la dimensión del terror cinematográfico y su secuela televisiva, que también saca del desván a sus propios monstruos. Son otros los que condimentan la festividad con su dosis de horror cotidiano: Hojas de afeitar en dulces para niños.
Veneno en galletas o pastelitos. Disparos a mansalva hacia contingentes de hombres lobo o vampiros, etc, etc.
Con tanta violencia diaria y todavía hay un Freddy que nos quiere matar, no es justo. Alto a la enajenación Halloweenera.
Propios y extraños luchan donde la patria cambia de color por conservar sus tradiciones, como el ritual hereditario en el que los señores del Mictlán abren las puertas para que los desollados vuelvan de un sueño de mil lunas.
Y los santos levantan el telón para que vivos y muertos se reconozcan entre sueños. Noche de encuentros, de ánimas que vuelven para recorrer sus caminos, sentarse en sus viejos sillones y hasta reunirse invisiblemente con sus seres queridos.
La Noche de Brujas es un burdo rito comercial sin trascendencia que debemos desterrar, mientras que la Celebración de los Muertos es el ceremonial místico entre el cementerio y la carne, entre el olvido y el recuerdo eterno.
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