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Un largo y duro silencio se apoderó de todos quienes conformamos la familia de Latino Weekly Review, de la que Eduardo Palomo fue miembro honorario desde su surgimiento. El recibir la noticia de que nuestro gran amigo y nuestro padrino, como él decía, adelantó el camino, nos dejó un nudo en la garganta al recordarlo tan joven, tan humano, tan enamorado de la vida y de su inseparable Carina y sus adorables Fiona y Luca, que también sentimos como parte nuestra.
Revivir los innumerables momentos compartidos con Eduardo, nos dejan estremecidos de los recuerdos en los que invariablemente lo encontramos no solo como un ser humano excepcional, también como un incansable torbellino de talento, dueño de un corazón salvaje que lo convirtió en un artista vanguardista que lega a México el trabajo actoral cinematográfico en el que casi invariablemente señala realidades sociales que no se pueden olvidar, ni ignorar, además de haber mostrado con sus actuaciones el compromiso histriónico que lo distinguió en sus casi tres décadas de trayectoria.
La antología fílmica que refleja cómo el ser humano de Eduardo Palomo llevó a su ser actor a participar en cintas de gran trascendencia, se resume en “Rojo amanecer” que revive los imperdonables hechos del 2 de octubre de 1968, “El extensionista”, donde se denuncia la realidad de desheredados que sufren los indígenas y campesinos de México; “Gertrudis Bocanegra”, que recuerda, decía, los preceptos de la traicionada revolución mexicana, y otras en las que fue para él “un deleite” jugar con su ser actor, por lo que en “Crónica de un desayuno” fue un simpático travesti, “La mujer de Benjamín” es otra de las cintas que lo ubican como protagonista del llamado “nuevo cine mexicano”, y más recientemente en “El misterio del Trinidad”, reflejo de su pasión esotérica, entre otras.
“Cojones”, el cortometraje que significó para él su primera gran oportunidad en Estados Unidos, -mismo que le requirió una transformación física por la que subió siete kilos de peso, tuvo como resultado el premio como Mejor Cortometraje en la edición 2002 del Festival Internacional de Cortometrajes de Los Ángeles.
Eduardo Palomo fue también en “Kingpin”, junto con sus compañeros de reparto y producción, pionero de la realización de televisión en inglés, para y sobre latinos, -con doblaje al español-. A su trayectoria se suman sus 36 obras de teatro, 19 telenovelas, 13 películas y un disco, para volver a saber que quien diera su voz a “Tarzán” en español, será inolvidable también para todos sus admiradores repartidos en la geografía universal de México a Italia, España, Argentina, Estados Unidos y tantos más países donde en múltiples idiomas, como “Juan del Diablo”, conquistó el corazón y aplauso de millones de televidentes.
A todos a quienes tanto hemos querido a su ser humano, nos faltará su risa en el estreno de ‘Un día sin mexicanos”, que hizo con su gran amigo Sergio Arau, -a estrenarse en el 2004-, de la que hablaba carcajadas de por medio “somos muchos y seremos más, nuestra presencia es innegable, tremendamente poderosa, productiva e invaluable…”
Dejó pendientes sus planes de realizar en México el tercer montaje teatral de su obra “Una pareja con ángel”, -que pretendía traer a Estados Unidos-, en preparación de la adaptación cinematográfica de la que además sería productor y director, faceta para la que también escribía un guión para un cortometraje, invitado por el productor Miguel Ángel Fons y asesorado por Guillermo Arriaga, “porque mis retos no solo como actor, también como escritor, productor y director me mantienen concentrado y trabajando muchísimo.”
Esa realización, esa plenitud, la vivió hasta su última cena la noche del 6 de noviembre, cuando en torno de una mesa con amigos, compartía su amistad, su riqueza existencial, su risa, sus sueños. Fue cuando de tanto sentir tanto, su corazón, al dejar de latir, estremeció el de todos quienes empezamos a extrañar su mano franca, su mirada transparente, su amistad incondicional, su entrega.
El único alivio que encontre al escribir la nota que nunca hubiera querido escribir fue el de saber que es verdad que los grandes seres humanos cuando se van, no sufren. Es saber que cuando llegue a donde quiera que haya ido, se encontrará con Carlos Ancira, con Julio Castillo, para volver a “armarla en grande” como en los Festivales Internacionales Cervantinos, cuando entre otras, representaron teatralmente, de José Gorostiza, “Muerte sin fin”, por lo que al irse “por un sendero de la luna”, llegará al escenario celestial donde le aplaudirán al ser humano que a pesar de la fama, nunca confundió el camino y fue su corazón el guía inconfundible de su vida.
De este lado nos hará falta, sin duda, todo aquello con lo que Eduardo Palomo enriqueció muchas de nuestras horas y de nuestros días. Desde hoy, como diría el gran Gabriel García Márquez, habrá un sitio desocupado entre nosotros, un espacio deshabitado que servirá para orientarnos cuando alguien nos pregunte cuál es la cabecera de nuestra mesa redonda.
Fotos de Elizabeth Beristain
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