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Mexico: El Poder en Manos del PRI?
by/por: Carlos Elizondo
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El PRI fue el ganador de las elecciones del 2003. La afirmación es evidente, aunque sobren sesudos análisis que busquen desmentirla: que el PAN está mejor que en 97; que, descontado el PVEM, no estuvo mucho peor que en el 2000; que el PRD recuperó una gran cantidad de distritos, que frente al 2000 el PRI está ligeramente peor. También está el argumento fácil de que el abstencionismo fue el mayor protagonista de la jornada electoral. Algunas de estas conclusiones son ciertas pero, en todo caso, irrelevantes. Lo que cuenta, para determinar quiénes nos representarán durante los próximos tres años en la Cámara de Diputados son las cifras relativas en términos de curules que se derivan de la última, y sólo de la última, elección.

Como resultado de los comicios del 6 de julio, el PRI y su socio el PVEM podrán, con el apoyo del PT y de Convergencia, hacerse de la mayoría absoluta en la Cámara Baja. Esto, aunado a triunfos espectaculares como el de Nuevo León, cambia de fondo la distribución del poder en México. El partido más importante ahora es el PRI. En sus manos están no sólo las reformas estructurales sino, más relevante en el corto plazo, el próximo presupuesto de la Federación.

En un régimen parlamentario, un resultado como éste implicaría un cambio en el Ejecutivo; ni más ni menos. En uno presidencial el juego es muy distinto. Fox seguirá siendo jefe de Estado y de gobierno. Sin embargo, dado que el PAN, su partido, no contará ni con la tercera parte de las curules, su margen de maniobra será muy limitado. Antes de las elecciones se pensaba que si éstas arrojaban un saldo positivo para el gobierno (entiéndase una mayoría para el PAN) el límite al “cambio” sería la bancada de senadores del PRI. Ahora, el freno al “contracambio”, la única forma que tienen los panistas para sostener un veto del ejecutivo si los demás partidos impulsan una ley, es el voto de los senadores panistas. De esta magnitud es la nueva distribución del poder que arroja los resultados electorales, lo cual contrasta no solo con la composición previa de la Cámara sino, más aún, con las expectativas de los panistas al inicio de la campaña. Ni que decir respecto a los pronósticos de quienes aseguraban que, sin importar su resultado, con esta elección no cambiaría nada. Hoy al primero de agosto de 2003 México es un país distinto.

Quien tanto poder tiene, tiene muchas responsabilidades. El PRI tendrá que lidiar con una gran tentación: utilizar el presupuesto para repartir entre los estados, donde sus gobiernos son clara mayoría, la mayor parte posible de los dineros federales. Ello aumentaría los recursos de sus gobernadores, lo cual les haría más fácil mantener a su partido al frente en las siete gubernaturas en las que controla el ejecutivo local, de las 10 que se disputan el año entrante.

Esa tentación, sin embargo, implica un riesgo enorme para la unidad nacional. El gobierno federal es cada vez más frágil. Su fuerza venía de la hegemonía y disciplina de un partido. Su capacidad regulatoria suele ser virtual y la descentralización acelerada iniciada con la derrota electoral intermedia del gobierno de Zedillo en 1997 no deja ya mucho más ingresos para repartir. Si esta tendencia sigue, corremos el riesgo de perder los mecanismos de compensación entre estados, las políticas nacionales en materia de infraestructura, y la visión de conjunto y no sólo regional. Descentralizar para simplemente duplicar burocracias es injustificable. Datos de Hacienda muestran cómo ha aumentado la partida de sueldos y salarios en los estados. No debería de sorprendernos, muchas tareas se terminan haciendo hasta 32 veces. Para colmo, la burocracia federal es difícil de adelgazar dada la rigidez de la ley laboral que protege a los trabajadores de base del gobierno federal. En algunas agencias federales, cuando sus funciones se descentralizan, la nómina no se reduce. Los trabajadores siguen presentándose…, pero sólo a checar tarjeta y a cobrar.

El gran triunfo histórico del PRI fue, precisamente, superar el país de feudos que dejó la revolución. Un feudalismo aún más grave dominó ese desastre nacional que fue la mayor parte de nuestro siglo XIX. Ahora que el priísmo tiene expectativas razonables de regresar a la presidencia, sería de una miopía monumental dedicarse a destruir las capacidades del gobierno federal.

Los intereses del priísmo están encontrados. Para los gobernadores el futuro es distante. Una forma de volverlo más seguro es teniendo más recursos. Este es, además, el mejor método para poder competir por la candidatura presidencial de su partido. Para Madrazo, sin embargo, los incentivos son casi opuestos. Por un lado, por su innegable triunfo electoral, es el más fuerte precandidato a la Presidencia de la República. Por el otro, no es gobernador. Los recursos descentralizados a los estados podrían ser utilizados en su contra en la primaria de su partido donde se resolverá en el 2005 la candidatura. Además, existen algunos diputados priístas de gran solidez técnica, que seguramente encabezarán las principales comisiones, y que difícilmente van a aceptar la tentación de debilitar al gobierno federal, aunque podrían ser rebasados en número por los diputados que hagan suyas las demandas en pro de la descentralización.

La tentación de corto plazo puede también dominar la tarea legislativa de la nueva mayoría. Las reformas de Salinas y Zedillo limitaron algunos de los privilegios de los grupos de interés que conforman al PRI. El odio de algunos sectores del PRI contra estos dos presidentes es consecuencia de los privilegios perdidos, los cuales ni siquiera fueron compensados con un crecimiento económico estable, que , por lo menos, les hubiera podido permitir mantenerse en el poder. Ahora, creen, es el momento de la revancha. Ya mostraron que esos grupos bien organizados dan un voto duro y sólido. Por supuesto, van a defender los privilegios aún existentes, pero además van a buscar premiar a sus huestes con leyes que les regresen lo perdido.

Quizás, sea importante recordar lo que hizo el PAN frente al desafío del FOBAPROA hace 6 años. Puso sus condiciones (bastante malas, hay que decirlo), pero terminó por aprobar algo para solucionar un desastre del que no era responsable. Con todo, los panistas vieron que el costo de la parálisis financiera era demasiado elevado para el país. Lejos de lo que el PRD esperaba, esa no fue su carta para vencer al panismo, a pesar de lo que presagiaban las elecciones de 1997 donde parecía ser el partido ganador.

Si sucumbe ante las tentaciones, el PRI traicionará su gran logro histórico: haber sido la principal fuerza que modernizó, con todo y sus contradicciones, a México. Mostrará haber agotado su capacidad de construir, y si a pesar de eso lograra ganar en el 2006, sería a costa del futuro del país. Futuro que, a la larga, será también el suyo.

Lástima que el interés de todos no se logre simplemente invocándolo, sino que se requieren acciones valientes de los que ahora tienen la sartén por el mango. Acciones con amplitud de miras, que no agoten sus cálculos en el corto plazo. Acciones que apuesten a la sensatez, y no a la impaciencia de los electores en la siguiente elección.

 

LWRDigitalMagazineAug2010

Ponce

 
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